jueves, 8 de diciembre de 2016

Romilda Poggio de Mendióroz

¿Primera poeta nacida en La Plata?


Pago las ofensas...

Pago las ofensas con moneda firme:
la moneda de oro de mi convicción
y con el silencio cubro los instantes
en que el alma labra su desilusión.

Moneditas de oro que se van juntando
y que silenciosamente crean soledad.
¡Cómo se hacen humo las ofensas malas
en el fuego puro de saber callar!

Perdonando siempre el alma se afina,
se torna su llama más clara y azul
y una dicha nueva, fresca y peregrina
abre su capullo de liviano tul.

Fuente: Mirra y rosa, Romilda Poggio de Mendióroz, Letras Platenses, tomo II, N° 11, La Plata, 1934.

Romilda Poggio de Mendióroz nació en La Plata en 1896 y murió en la misma ciudad en 1961. Era hija de Antonio Poggio y Ángela Bagnasco, un matrimonio afincado en La Plata desde los años que siguieron a la fundación. En 1919 se casó con el poeta Alberto Mendióroz (1895-1924), de cuya unión nació Hugo Enrique Mendióroz (1920-1994), autor del libro de poemas Resplandor (1959). Romita, como la llamaban familiarmente, fue educadora, poeta, escritora, autora teatral y reconocida conferencista. Se desempeñó, además, como Vicedirectora de la Escuela Graduada Joaquín V. González de la UNLP (Anexa) y, durante un tiempo, tuvo a su cargo una página dedicada a la mujer en el diario platense El Día. Entre sus libros publicados, cabe mencionar: Blancanieves (adaptación escénica en tres actos, 1935), Territorio espiritual (poesía, 1959), Sarmiento niño (teatro infantil, 1961) y Un gran silencio interno (poesía, sin fecha de edición). A estos títulos, debe sumársele el cuadernillo Mirra y rosa (poesía, 1934), editado por Letras Platenses, una publicación semanal que aparecía los lunes. Asimismo, completó la obra Aladino y la lámpara maravillosa, que su esposo dejó inconclusa y que luego sería estrenada en el Teatro Argentino de La Plata. En este mismo ámbito, también subieron a escena algunas de sus obras teatrales para niños. Hoy, sus restos descansan junto a los de su esposo en la necrópolis platense, en un espacio que fue cedido a perpetuidad a sus familiares por Ordenanza Municipal N° 2927 del 26 de octubre de 1962. Al parecer, Romita fue la primera poeta nacida en La Plata. Hasta el presente, no hay noticia de que otra mujer nacida con anterioridad a ella en dicha ciudad haya tenido alguna trascendencia poética. A su voz inicial, le siguieron, poco después, las voces de Sarah Lovisutto, María de Villarino, Tilde Pérez Pieroni y Ana Emilia Lahitte, entre otras.

Foto: Romilda Poggio de Mendióroz. Fuente: Letras N° 8, revista de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1997.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Rafael Felipe Oteriño


Epígrafe

Quisiera que este viento no terminara nunca
y que nunca nada tuviera fin,
que el amor fuera un río que no cesa
y yo me internara en él
como los peces que creen nadar en la corriente
y son llevados por el agua.


La casa

Crees que al volver la encontrarás decrépita:
la humedad victoriosa en sus paredes,
sin el horizonte tibio que los cuerpos le daban.
Pero no: la casa vive entera,
engendra diálogos, crea otra intimidad
más honda que los besos, no alcanzada
por el ligero resplandor de la luz,
ya para siempre externa.
Las arañas reinventan las rutinas,
el metafísico rolido del tiempo.
Tal vez el óxido haya comido los metales,
pero todo está igual: eres tú el que se ha ido.


El nadador

El ágil golpe de piernas, la zambullida, los brazos
girando acompasados mientras la orilla queda atrás,
demostrarían, a primera vista, felicidad,
triunfo sobre lo natural estable;
sólo que el cuerpo ignora
setenta metros de oscuras aguas debajo
y peces que ríen del esfuerzo torpe, sin dirección,
y barcos que se bambolean repitiendo: “todo vuelve
a sus legítimos dueños”,
y líquenes ganados por una pereza fantasmal,
y la estrella, por fin, en el lecho que tanto buscó,
mientras en la superficie el nadador nada, nada.


La poesía

a Valerio Magrelli.
en Guanajuato, México

La poesía
no es
croar de ranas
en un estanque vacío
un amanecer de invierno.

Tampoco es
laboriosa
carta de amor
escrita
en nuestra memoria.

Es invención
de reglas:
una suspensión
entre emoción
e idea.

El rítmico abrazo
–el beso–
de palabras
recogidas
en la calle.

O, cuanto menos,
occasioni”:
barquillo de papel
que debes conducir
a un puerto seguro.

Pues,
salvo la Musa,
¿quién puede decir
que esto
es un poema?

Cuando, en verdad,
no hay reglas;
cuando cada poema
crea sus propias
reglas.

Y cada poema
destruye
esas reglas.
Cada poema
es un sacrificio


Ante una tumba con nombre

a mi madre

Esta piedra escrita con su nombre
lo dice todo muy claro: la vida concluye
sin profundidad y sin extensión.
Las tibias manos terminan aquí,
las mañanas e incluso el mar
aquí se adelgazan hasta convertirse
en una breve línea de polvo y sombra.

Ahora soy yo quien no tiene consuelo:
todavía abrazado a la tierra
observo las pequeñas flores amarillas
que se inclinan hacia donde aún queda sol.
Entiendo su miedo: sujetaba mi libertad
para que no viera estas imágenes fijas.
Para que yo no empezara a morir.


Los grandes Maestros

Los grandes Maestros
sintieron predilección por los grandes temas:
Papas, Anunciaciones, Madonnas y Desnudos.
Se detuvieron en abrigos, collares,
rostros de mirada fija y escenas de martirio,
que luego la obra inmortalizó.

Algunos deslizaron en un ángulo de la tela
su cabeza de intrusos, entre calaveras;
o dibujaron tenazas junto a los pies del anciano,
y a su lado, un poliedro excedido de escala.
En ello, los discípulos vieron muestras
de patético humor.

Lo que no vieron los discípulos
es lo que los Maestros habían dibujado con horror:
su propia carne desgranándose de a poco,
como los frutos de caza que también solían pintar,
mientras el pincel introducía bellotas,
granadas de pulpa roja y porcelana celeste.

Sabían, mejor que nadie,
por eso eran grandes y eran Maestros,
que Papas, Anunciaciones y Madonnas
eran estaciones, no arribos.

Un derrumbe de espejos: eso pintaban.
Rostros que, en el trajín de los cuerpos, serían sombras;
sombras que escaparían de los cuerpos
para sobrevivir.


Ningún poema

Este año no escribí ningún poema.
Recogí semillas del árbol rojo y las puse a secar.
Podé las ramas leñosas del ligustro
para que crecieran con fuerza las del vástago.
Había abejas en el techo
y recogí miel con mis manos.
Podé, sembré, coseché:
de la noche a la mañana, de un domingo al otro.
Separé lo húmedo de lo seco y a lo seco
le di otra oportunidad: que renaciera.
Enjuagué los brazos y las manos
y después descansé.
Descansé viendo a la noche empujar al invierno,
al invierno, como un venado,
elevarse sobre los techos y desaparecer,
a la niebla con su amortajado reloj.
Tomé fuerza de ellos para encaminarme,
también yo, al invierno.
De un domingo a otro domingo,
de una estación a otra.
No escribí ningún poema:
el invierno los escribió por mí,
la niebla
los escribió por mí.


Las mariposas

Volaban de Oeste a Este.
A través de campos de bronce,
sobre espejos de agua
en los que flotaba la burbuja de un pez.

Su vida entera estaba cifrada en ese vuelo:
nacimiento, cópula, otra vez nacimiento.

Y a cada metro, la amenaza de ser arrojadas
contra los cercos de tuna,
contra los alambrados de seis hilos,
contra la parrilla de los automóviles lentos.

Hacia el Este,
por el promontorio de la casa vacía,
por la hondonada de los árboles altos,
por el paraje del que partían dos caminos.

Siempre hacia el Este,
con su elegía amarilla, con su aletear temprano,
inventando la claridad, la oscuridad
y esa mañana invisible, fugitiva.


Todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso

El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo,
el que oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana,
los que presintieron la lluvia y se refugiaron en ella,
el pescador que aguarda el próximo pez que prenderá esa tarde,
el que recuerda el olor a café detrás de una puerta que no existe,
quien siente en la boca la primera palabra de un verso.

Todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso,
las manos lo tocaron y el pecho aspiró su aroma,
el Paraíso cedió por un instante –se detuvo allí–
alzó un vivac en el que cada fragmento coincidió con su parte:
las sombras con el árbol, el árbol con el camino,
el río de Heráclito con el río a secas.


Los más viejos

1

Acostumbrados a caminar por la orilla,
los más viejos tienen conductas extravagantes:
van al mercado, cultivan flores,
como si la muerte no fuera un telón sino un reto.

Guardan la moneda de hoy para el concierto de mañana,
mantienen una conversación con los difuntos
disimulando las ofensas para que no parezcan excesivas,
anotan, con tinta gruesa, los números de teléfono,

Dicen que fueron felices,
aunque las pruebas demuestran lo contrario,
hablan de los hijos como si los vieran a diario,
comienzan un tejido y aprenden computación.

No hay en ellos señales de alarma
ni sueños malos que los persigan,
no se sienten hostigados ni piden auxilio,
sus relojes no marcan las horas a menos que se rompan.

Maestros de lo improbable,
pasan muchas horas con las ventanas abiertas,
están y no están en sus sillas caldeadas, son y no son.

Barren la vereda como si nada estuviera a punto de estallar,
como si los cuatro puntos cardinales
no se hubieran fundido, para ellos, en uno solo.

Rompen el mito de la muerte,
sumando un anillo más al árbol que los cobija.

Dicen que fueron felices.


Dos fotografías

1. Fuera de foco

a Horacio Castillo

En esa fotografía estamos los dos fuera de foco.
Quien la obtuvo no fue hábil o un alma lo rozó por detrás.
Quizás se distrajo por la inminencia de nuestros próximos pasos.

Sí, tal vez esto último fue lo que ocurrió.
Porque yo iba a regresar, esa misma tarde, a casa
y vos emprenderías el viaje hacia una orilla desconocida.

Es una imagen sabia, sin duda: una anticipación.
La lente captó lo que todavía no había ocurrido,
pero que estaba, en el orden de las cosas, por suceder.

La luz nos conduce desde muy lejos.
Insomne, quebradiza, desciende un telón rápido,
que parte en dos la tierra y a nosotros con ella.

Los dos, es cierto, permanecemos fuera de foco,
en una bruma que es una anticipación
y que, para esta cabeza descarnada, es todo y nada a la vez.


Pedí que este viento

Pedí que este viento no terminara nunca
y eso es imposible:
las cosas nacen para sucederse, no para durar.
Es lo que marcan las estaciones,
los cambios en la piel
y esta misma página a través de los años.

No permanecen igual: se suceden.
Incluso la propia imagen del viento
lo dice claramente:
lo que hay es cambio y nada lo frena.
De lo más cálido a lo frío
y del frío a la frialdad extrema.

El viento desprende las hojas,
que siempre son otras, otras.
Contagiadas por esta lección,
las manos se sueltan de las manos.
Nada permanece:
ningún trabajo sobre la superficie calma del mar.

Fuente: Eolo y otros poemas, Rafael Felipe Oteriño, Editorial Brujas, Córdoba, 2016.

Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata en 1945. Publicó once libros de poesía: Altas lluvias (Cármina,1966), Campo visual (Cármina, 1976), Rara materia (Cármina, 1980), El príncipe de la fiesta (Cármina, 1983), El invierno lúcido (El Imaginero, 1987), La colina (Ediciones del Dock, 1992), Lengua madre (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), El orden de las olas (Ediciones del Copista, 2000), Ágora (Ediciones del Copista, 2005), Todas las mañanas (Ediciones del Copista, 2010) y Viento extranjero (Ediciones del Dock, 2014). Su obra fue recogida parcialmente en Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, 1997), Cármenes (2003), En la mesa desnuda (Ediciones al Margen, 2009) y Eolo y otros poemas (Editorial Brujas, 2016). Tiene en su haber, además, un libro de ensayos sobre poesía titulado Una conversación infinita (Ediciones del Dock, 2016). Recibió las siguientes distinciones: Premio Fondo Nacional de las Artes (1966), Faja de Honor de la SADE (1967), Premio Sixto Pondal Ríos de la Fundación Odol (1979), Premio Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias (1983), Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (período 1985-1988), “Premio Konex” de Poesía (período 1989-1993), Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1996), Premio Esteban Echeverría (2007), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009) y Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional (2014). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y codirige, en Ediciones del Dock, la colección Época de ensayos sobre poesía. Reside en Mar del Plata, donde fue Magistrado y ejerció la docencia en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Sobre Oteriño y su obra, señala Cristina Piña en el prólogo de Eolo y otros poemas:

(...) Ante todo, cabe reparar en ciertas características a las que siempre ha sido fiel. En primer término, la economía verbal, que no ha permitido ningún desfallecimiento y que nos hace experimentar lo que, para mí, es el rasgo central de la verdadera poesía: que no haya palabras que sobren ni que falten, que en su trabajo con el lenguaje el autor haya conseguido alcanzar la forma propia de cada poema, sin traición o disonancia alguna, pero, también, sin que la perfección formal ahogue la emoción.
Porque en la poesía de Oteriño, junto con esa sobriedad en el lenguaje que revela un intelecto alerta, está siempre presente la emoción, que según los temas que aborde puede ir de la nostalgia a la celebración, la elegía o la comprobación más o menos dolorosa. Pero una emoción que nunca cae en extremos, ya que si algo ha logrado a lo largo de los años es desplegar una mezza voce llena, a la vez, de equilibrio y modulaciones, una distancia privilegiada respecto de lo que habla el poema.
A esta sensación de continuidad que establecen el trabajo formal y el lenguaje austero contribuyen asimismo la recurrencia de ciertas figuras que se reiteran en su poesía –con las variantes lógicas que implica el paso del tiempo– como las de la familia y las dos ciudades de su pertenencia, presentes casi infaliblemente a partir de la mediación de objetos o circunstancias que en su poesía adquieren un lugar primordial como condensaciones de la memoria o metáforas concretas de instancias subjetivas.
(...) Pero si los objetos y situaciones cotidianas son fundamentales, así como la presencia de la naturaleza –en la que se destaca el mar, de singular peso en la poesía de Oteriño–, tiene también especial importancia el diálogo que establece con figuras literarias –Ahab, Robinson, Fausto–, el arte plástico –“Fondamenta degli incurabili”, “Los grandes Maestros”, “Mosaico bizantino”- y, en especial, con poetas y escritores de quienes se siente próximo –Joseph Brodsky, Gustave Flaubert, Wislawa Symborska– o de quienes fue amigo, los poetas Raúl Gustavo Aguirre, Horacio Castillo, Néstor Mux, Javier Adúriz. Un diálogo que nos remite tanto a cercanías de la sensibilidad como –en el caso de las obras de arte– a su capacidad de despertar asociaciones que conectan directamente con sus interrogantes existenciales.
(...) Por cierto que en el caso de un poeta de sus características no podían faltar las reflexiones directas sobre la poesía, y en los poemas dedicados a hacerlas surge una convicción profunda, que da su sentido más hondo a su labor de cincuenta años: la certidumbre de que la poesía, lejos de ser algo impráctico, como pretendía el adusto Platón, es una tarea imprescindible.
(...) Se podría decir mucho más sobre esta voz que ha sabido crear un tono personalísimo que se pliega por momentos a la musicalidad  y en otros prescinde de ella, bajo cuya modulación se vuelven significativas desde las pequeñas mariposas de la infancia hasta las obras maestras de la pintura, desde la rememoración del pasado hasta la madurez de una bellota, y que detrás de cada uno de sus poemas resuena una pregunta sobre el sentido de la vida.

Más poemas de Oteriño en este mismo blog, pinchando el siguiente enlace: Rafael Felipe Oteriño

Foto: Rafael Felipe Oteriño. Fuente: gentileza de Rafael Felipe Oteriño.

martes, 30 de agosto de 2016

Eduardo Rezzano


Etología

Hablemos y cantemos
por la boca de los animales
o callemos de una vez
dijo el etólogo
de mirada simiesca

Hablemos por mil bocas
en un griterío de focas

o escuchemos
el paso de los cangrejos
sobre el papel de diario
dejado en la arena

cubierto de noticias
de un mundo perdido

que habla por la boca
de los muertos
que está siempre
en retirada


Extrarradio

A orillas del río Matanza
recordé mi primer crimen
con la luna a media altura
y el agua a las rodillas

Lo demás es historia conocida
el hambre la soledad

la vergüenza que guardo
de haber matado
a mi séptimo hijo varón

el único con la fuerza
de tres mil osos
y diez mil moscas


Fotografía

En un café de la calle Balcarce
me preguntaste por una foto
tomada de mañana
sobre la ventana abierta

me preguntaste más exactamente
qué había pasado después

si te había abrazado por detrás
te había tratado con delicadeza
familiaridad excesiva o
descuido

Pero yo estaba solo
en un café de la calle Balcarce
y la foto sobre la mesa me hablaba
quería saber sobre el después
de su instante de luz


Nocturna

Ella peina canas
más por costumbre
que por otra cosa

Peina canas
sobre su pelo negro
sentada en el sofá cama
la camisa abierta
una mano sosteniendo
el vaso de vino sobre
el muslo desnudo

El televisor encendido
para nadie o
para todos los que
no estamos allí
–los que nos fuimos
a tiempo– le ofrece
una compañía muda
y deshabitada

Nos odia y lo repite
en un hilo de voz
que se quiebra como
el cristal de sus ojos

alineados con Marte
en la noche sin viento
noche sin luna


Niña del puerto

Ella se pasea
con una estaca clavada
en el hombro izquierdo

sin darse cuenta al parecer
de que la observan
con horror

Tratan de discernir
si es una herida vieja
o todavía sangra

pero ella canta sin dolor
u ocultándolo
o con otro dolor no físico
y secreto

La importunarán con preguntas
hasta que hable y se explique
¿qué quieren saber? dirá

sin dejar de pasearse
con una alondra muerta
en una cesta de paja


Vasos comunicantes

En un bolsillo una llave
en el otro una puerta
mal cerrada que deja
entrever el puente
de un buque ballenero

El buque vuelve a casa
los marineros duermen
y la puerta rechina

Tengo que decirlo
—interrumpe María
de este lado del mundo—
algo huele a cachalote
en tu entrepierna

Se lo dice y se le aprieta
contra el pecho
frágil y agitada coraza
para escuchar el ruido
de las refinerías


Niña del viento

Cuando murió Amparo
mi primera mujer

mi hija me dijo
yo soy la hija
del desamparo

la que perdió el nombre
en boca del viento

la falda en manos
de la noche blanca

noche de luna
y sin estrellas

Fuente: Nocturna, Eduardo Rezzano, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2016.

Eduardo Rezzano nació en La Plata el 18 de mayo de 1968. Vivió en Buenos Aires, Barcelona y Madrid. Actualmente, reside en su ciudad natal. Publicó los siguientes libros de poesía: Ningún Lugar (Ediciones del Canto Rodado, Mendoza, 1999), Gato Barcino (Lumen, Barcelona, 2006), no fábulas (Vox, Bahía Blanca, 2010), Alcohol para después de quemar (Fuga, Santiago de Chile, 2012) Caligrafía (Amargord, Madrid, 2013) y Nocturna (Zindo y Gafuri, Buenos Aires, 2016). Alcohol para después de quemar fue reeditado en 2014 por Zindo & Gafuri. Poemas suyos han sido recogidos en antologías como Nacer (Lumen, Barcelona, 2005), Madrid: una ciudad, muchas voces (ONG Promoviendo, Madrid, 2009) y Si Hamlet duda le daremos muerte (Libros de la talita dorada, La Plata, 2010), y en diversos medios, tanto impresos como electrónicos, de Argentina, España, Italia y Estados Unidos.La poesía de Eduardo Rezzano –apunta Concha García– desordena el presente porque se extiende más allá del tiempo cronológico, se suprime toda sincronía. En su mirada, entre irónica y desencantada, habita un hombre que deviene niño en la manera de impresionar la realidad que le circunda. La realidad vista desde el propio extrañamiento de alguien que siente que la verdadera raíz de cualquier habitante  (...) no está sostenida por sentido de pertenencia alguno, excepto el de pertenecer a la realidad más inmediata. Alterar la visión de la realidad, fantasear con lo que no existe y traerlo al lenguaje: eso es la poesía.” Además de poeta, Rezzano es músico (baterista, percusionista y compositor). Como tal, fundó los grupos 2vecesbreve y la Orquesta Camaleón para tocar y grabar su propia música. También trabajó como sesionista, compuso música para teatro y para danza y participó en diversos proyectos junto a músicos destacados.

Foto: Eduardo Rezzano. Fuente: gentileza de Eduardo Rezzano.

sábado, 20 de agosto de 2016

Osvaldo Ballina


La última mirada

salí a buscar mi última mirada
aún no es medianoche y no encontré la primera mirada
juego con la arena de una playa eterna
niño o adulto no sé quién soy
lo cierto es que estoy vivo
los manantiales natales parecen profecías
juego con la arena en una playa eterna
veo tierras tumbas
la voz de los ausentes de la tierra
no me alcanza
¿juego es un don efímero?
¿la arena no se ha mudado hacia el mar?
¿la playa desapareció devorada por el agua?
no sé si niño o adulto
pero voy hacia la última mirada
sin pasajeros enfermos


Él o lo que creía era él

él o lo que creía era él, se fue del mundo
no era feliz, no era amante, no era soñador, nada
un aire, silencio vulgar sin tacto, sólo la herencia del vacío
antes y después de su nacimiento, un día sin tiempo
sin pasión, se preguntó por la escritura y le pareció inhumana
fuera del mundo, sin saber si él era él
mirando hacia atrás le nacía, ya perdido,
el sentido de impudor


él que esta vez era él

para Gurí con afecto

él que era él esta vez
selló su paz sin incitación ni jactancia
tributaria de pasadas creencias, pasiones y abismos
tengo derecho a mi soledad, se dijo,
ante los hombres y las cosas
sentencia que alcanza a mis objetos de culto
lo que creyó pérdida fue redención
a expensas de una versión del mal
y la inconciencia, espontánea espuma de vicios
él que esta vez era él
sin saber si estaba fuera o dentro del mundo
sospecha de la reversibilidad del alma


Identidades

él que era él tuvo desde siempre la voluntad
del anonimato en vida y muerte
sereno caminaba por lo interno
que reducía la realidad
hasta casi hacer explotar el destino
permanencia cambiante de sus identidades
él que era él y él que no era él
instinto de un yo dual
ciénaga de lobos y hombres
bajo sortilegios de un cielo irónico
y la sospecha a fin de cuentas de que todo sea
fruición de la nada


El estanque

se propuso vivir
como las flores en el estanque de la casa paterna
la quietud no perdía intensidad con la memoria
un signo de lo imperecedero, se dijo
era una bienvenida a lo inmutable
aunque hubiera que ignorar ciertos hábitos del humano
morir sin que nazca más agua o aire
miraba las flores y era el viaje más largo
perspectivas y visiones conducían a la embriaguez
de estar vivo aunque al final esperara la disolución
pero quería vivir sujeto a un reino personal
más fresco de oscuridad, más fresco de estrépitos
de fuego merecido no robado
eran los nuevos días del inocente sin sed de mármol

Fuente: La mirada / Identidades, Osvaldo Ballina, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

Osvaldo Ballina nació en La Plata en 1942. Es poeta y traductor. Su obra poética publicada incluye más de veinte libros, entre ellos: El día mayor (1971), Esta única esperanza contra todo (1973), Aún tengo la vida (1975), Caminante en Italia (1979), Ceremonia diurna (1984), La poesía no es necesaria (1986), Sol que ocupa el corazón (1991), Verano del incurable (1996), Confines (1998), El viaje (2000), Apuntes del natural (2001), El caos luminoso (2004), Oráculo para dones fatuos ((2006), El pajar en la aguja (2007), Prodigios residuales (2009), Lejos de la costa (2010), Profanaciones ínfimas (2011), Memoria de la India (2012), Refugio de altura (2014), Oficio de extraño (2015) y La mirada / Identidades (2016). En la contratapa de este último, destaca Horacio Salas:

Alguna vez, charlando con Osvaldo Ballina, le manifestaba mi asombro por una característica de su poética: da la impresión de que cada libro nuevo señala, en todos los casos, una superación; ya sea estilística, ya sea creativa, respecto de su obra anterior. Y le aseguraba que en tanto lector habitual de poesía no he encontrado, al menos entre sus colegas argentinos, una apertura semejante, que le permite navegar por una geografía novedosa, una música homogénea, no repetitiva, que toma el aspecto de un acorde/una invención, que se oye como el acompañamiento necesario para las palabras del poema.
En los textos de Ballina, aparecen metáforas que en realidad son descubrimientos personales, surgen, brotan en conjunto, dando la impresión de composiciones armoniosas y no intercambiables. Lo cierto es que Ballina ha logrado que el lector avisado reconozca a través de sus poemas una voz personalísima, que no imita a nadie. Y lo hace con humildad, como si trabajara sólo con palabras sencillas, pero que en el medio de sus trabajos suenan pronunciadas por primera vez.

Foto: Osvaldo Ballina. Fuente: La mirada / Identidades, Osvaldo Ballina, Ediciones Al Margen, La Plata, 2016.

lunes, 8 de agosto de 2016

Guillermo Ariel Seminara


Presentación

Ningún signo remite
a lo que somos,
lo que más nos nombra
en realidad es esa dispersión
que inauguran las palabras.


Autorretrato

Nuevamente yo
sin más
y sin menos.
Nuevamente mi mirada triste
que resiste a esta tarde persistente
de enero.
Vacío y necio recorro
los umbrales
más remotos de mi risa
y me hago inútilmente fuerte
en un paulatino adiós,
sin Dios
y me sobran los dedos
de una mano
para contarme.


Arrendatario

(Barcelona, junio de 2002)

Tengo ahora donde
caerme muerto.
El contrato no lo dice
pero he podido con su firma
dotar a la muerte de cierta
seguridad proxémica.
Lo del tiempo,
en cambio,
es algo que aún
resta por discutir
y hasta donde sé
los propietarios
suelen tener
sobre el asunto
criterios más bien
dispares.


Guía

Lo curioso
ante las ruinas
es que el pasado
lo aporta
siempre
el visitante.


Matemáticas

Si tres por tres es nueve
y nadie a estas alturas dice nada
es sólo porque nos sigue
proporcionando un gran placer
poder controlar
cierto futuro del tres
aunque sea en esta escala
tan modesta.


Noche

I

Abro la ventana
para que entre un poco la noche,
esa exterioridad
que por comodidad ubicamos,
sobre todo,
en el cielo.
Lozanea la ingravidez del silencio
y todo parece ahora sostenerse a sí mismo.
Debería encender un cigarro
de una buena vez
y celebrar lo tácito de casi todas las cosas,
y también de paso ignorar la muerte
y su sorpresa.
Pero no lo hago,
no fumo más.

II

(A Charles S. Peirce)

Constato:
No es infrecuente
en el mundo sublunar,
que ciertos resultados
se nos presenten como casos
de un conjunto de reglas que ignoramos.
De ahí que pueda decirse:
“Todas las piedras de la playa pertenecen al olvido.
Esta piedra que adorna mi escritorio proviene del olvido.
Esta piedra es de la playa”.

III

Lo blanco ya viene con la hoja,
es el color que adquiere a veces
el vacío interiorizado.
Sólo resta quitar ahora el silencio
adherido en el papel,
lograr que falte lo que digo
e indicar posibles recorridos
que guíen hasta dar,
por fin,
con esa ausencia
que me nombre.

IV

Cerraré los ojos
hasta mañana,
y una vez alejado lo suficiente
del existir sin tregua
esperaré a que sea la noche
la que me sorprenda,
detrás, quizá, de mis propias huellas,
y recogiendo
algunos restos de olvidos
de la playa.


Productividad

Pierdo el tiempo.
Siempre me pasa.
Y es que suelo dedicarme a cosas
que a cambio no dan tiempo,
sino más cosas.
Si se lo piensa,
nos pertenece más la eternidad
que el tiempo,
que en verdad es pura pérdida.
Y si se lo sigue pensando,
allí está la nada imponiendo su no cesación
sobre la nuestra.
Como una melodía
que dura más que
los músicos,
como un principio
que siempre antecede a lo principiado.
Y así,
en lo sucesivo,
uno se muere.
Guardando distancia,
respetuosos de un orden
callado y célibe,
que nos regresa al silencio;
el que resulta del tiempo
coincidiendo,
por fin,
consigo mismo;
justo en ese segundo
que dura toda
la eternidad.


Muerte

La muerte está en todos lados
menos en ella misma.
En ella no hay oscuridad,
ni soledad.
Tampoco allí descansa nadie.
No existen días grises
ni caracoles
lentos.
Ni hablar de la desgracia
que es la ausencia de gracia.
En la muerte nunca llueve
ni deja de llover.
No está Hugo.
Etcétera.
No, la muerte no es la morada final
de todas esas vidas
y nada nos aleja más
de ella
que su propio
nombre.


Destinos

Llego a la esquina
y me detengo ante
un grupo humano benigno.
Conversan.
Arriba las nubes
dibujan formas olvidables.
Creo entender que intercambian
algunas ideas de cómo llegar
a un sitio de la manera más efectiva
y al cabo de unos minutos
logran ubicar la representación
de su júbilo
en un mapa.
Prosigo.
No tengo ese problema,
soy, a diferencia de las nubes,
pupilo en mis propias
redundancias.


Hallazgo

Hallan indicios de la existencia
de la tarde de ayer.
Según han afirmado
la tarde de ayer pudo
haber existido “tranquilamente”
y luego haberse extinguido
paulatinamente hasta
desaparecer por completo.
El fenómeno
–dijeron–,
en apariencia imperceptible,
ha sido
especialmente verificable
desde la playa y
desde los balcones,
incluso con los ojos cerrados,
así como también
dentro del silencio
que en ocasiones impone
la habitual incomodidad
de uno mismo.


Ortodoxia

Dos calandrias merodeaban
desde hacía algún tiempo
en mi cabeza.
Una tarde más silvestre que común
decidí hacer algo con ellas
y las imaginé posadas
sobre una parra repleta de uvas
y de sol.
Luego,
por fin,
las dejé volar
y entonces apenas
si lograron estas aves
en mi vuelo
desenvolver algo del orden
de su concepto.


Confites

Me pregunto por qué
nunca di con su tan
particular versión
de la felicidad.


Principio

Definitivamente,
las cosas son y
no son.

Fuente: Apuntes sublunares, libro inédito. Gentileza de Guillermo Ariel Seminara.

Guillermo Ariel Seminara nació en La Plata en 1965. Estudió en la Universidad Nacional de dicha ciudad (UNLP). Es Licenciado y Profesor en Comunicación Social. Su área de especialización es la semiótica. Ejerce la docencia y la investigación. También escribe cuentos y poemas; mucho de éstos se hallan dispersos en páginas virtuales. “Apuntes sublunares” es el título de su primer poemario, que aún permanece inédito. Desde 2002 reside en Barcelona. Para leer más textos de su autoría pinchar el siguiente enlace: https://www.facebook.com/ApuntesSublunares/

Foto: Guillermo Ariel Seminara. Fuente: gentileza de Guillermo Ariel Seminara.

martes, 7 de junio de 2016

Alfredo Benialgo


Taller de Alicia

Escribo una novela.
Releo otra.
Escribo un cuento.
Corrijo el de la semana anterior.
De este pantano de palabras
se levantan columnas de vapor
de vez en cuando.
Algunas, me dicen, son poemas.


Sara

Vi, de la ventana,
cuatro luces titilando.
Volaban en la ribera de la noche.
Orlaban el cuerno de la luna,
la oquedad de la piedra,
la espuma de la fronda.
Dije: son cuatro luciérnagas
escapándole al frescor de la noche.
Dije: son cuatro rubíes
replicando el fulgor de la luna.
Dije: son las lágrimas
de un ángel.
Dije: son las cuatro letras
que forman tu nombre.


V

Había un cerco de madreselvas.
Parece un invento tanguero decir
que en la casa de mi madre
había madreselvas.
Pero las había.
Y una pileta de lavar la ropa
como en un verso de Carriego.
Pero la había.
Y macetas con malvones.
Y ella, mi madre,
que se secaba las manos
en el delantal.


VI

En el patio de mi casa había una parra de uva chinche
que mi viejo cuidaba como una tejedora.
Trenzaba las ramas en la época precisa.
Lo que sobra se corta, me decía.
Que los racimos nunca se malogren,
que la sombra jamás se despareje.


VII

¿Qué pedazo de mármol griego, qué hoja de laurel,
qué jirón de toga, que gota de hidromiel,
vino a caerse del Olimpo y pegarme justo en la cabeza
para decirme que ya no tengo miedo?


Tía Blanca

Todos tenemos algo que callar, querido,
me dijo con el mate en la mano.
Nadie hizo nada por hacerme feliz.
A nada dije que no,
a todo dije que sí.
Como dice esa canción estúpida de Julio Iglesias:
me olvidé de vivir.


VIII

Hoy, sábado cinco de marzo, km 214, ruta 226,
un auto rojo en la banquina partido al medio,
un camión atravesado en la ruta,
una mujer rubia hasta el destello
sentada en el borde del asfalto con la cara
roja de sangre,
un tumulto de brazos deteniendo a una criatura de ocho años
que grita y quiere sacar del auto rojo
el cadáver desbaratado de su padre.
Imágenes de una tarde horrible,
a cincuenta kilómetros de una ciudad llamada Azul.


IX

Diestro,
arma un cigarrillo frente a mí.
Es mi hijo.
Es jueves.
Es un octubre quebrado de revelaciones.


X

Sobre la mesa estaba aquel vino
que palpitaba en la copa como el sexo de una mujer.
Antes de beberlo había que aguantar el discurso de un experto.
Yo no recuerdo otra cosa que el sabor.

Fuente: gentileza de Alfredo Benialgo.

Alfredo Benialgo nació en La Plata en 1951. Es  Licenciado en Geología y trabaja en el Centro de Investigaciones Geológicas (CIG, CONICET - UNLP). Escribe novelas, cuentos y poemas. Su obra narrativa publicada incluye: Cuentos dañinos y maledetto amor (2006), Calculando con Gloria (2012) y ¡Mamá Boom Boom, tire ese avión! (2012). Relatos suyos fueron recogidos en varias antologías, entre ellas: Diez Narradores Regionales (1996), Juegos Florales Nacionales San Francisco (1998), Letras de Oro (2001), Certamen Literario Nacional del Inmigrante (2002), Primer Concurso Nacional de Cuentos Históricos (2003), Antología del Club Platense del Horror y el Misterio (2003), Colección Negra I (2007) y Colección Negra III (2012). Su novela Una mujer somalí fue seleccionada finalista en el Certamen Internacional de Novela Clarín 2015. Algunos de sus cuentos se hallan publicados en la página web de la Embajada Argentina en Francia (http://www.efran.mrecic.gov.ar/node/19086). Dirigió la revista 1000 Palabras y, actualmente, dirige la editorial La Terminal Gráfica. Los poemas publicados en esta página son inéditos.

Foto: Alfredo Benialgo. Fuente: Facebook.

lunes, 30 de mayo de 2016

Azucena Salpeter


Lo que no vemos nos ve

Descubre mis ojos y miraré las maravillas de tu luz
Salmo 119-18

De pronto
se abre una flor detrás del ojo,
un cuarzo
que nadie, ni Linneo, es capaz de describir.

Para papá, el constructor,
la flor es un puente con ventanas redondas
como las del barco que zarpó de Trieste.
Para mamá
es un idioma extraño
que le tocó develar pacientemente
entre sábanas y acordes de violín.
Y así para el resto del mundo que levanta vuelo en los andenes
cada uno, a su manera, con su flor.

Es así como Dios pasa por el hombre.


Afuera el mundo no es legible,
gente con paraguas nos mira desde la orilla

De vez en cuando
a mi padre se le escapaba una lágrima
y era una voz espesa
en la sopa

de vez en cuando veía a Dios

un albañil con la ropa manchada de cal
y manos fragantes
como la leche que bebíamos al pie de la vaca

sólo quiero saber
si mi abuelo David
tenía visiones tan inútiles y grandiosas

de vez en cuando a mí también
se me cae una lágrima


El poeta muere

El poeta muere sin rezar
como quien lleva a los chicos a la escuela

Muere de muerte imperceptible
como quien está de paso por el mundo
por fragmentos
sin ninguna certeza
delgadísimas láminas de un árbol de cristal
entre el Éufrates y Tigris
todo es transparente en esa franja
entre sus brazos ojos piernas
en la distancia entre una silla y una mesa
todo es transparente sin motivo y fugaz
como un beso
como pisadas en la arena que lleva y trae el mar

Así la arena vuelve al interior de sus pensamientos
las pisadas al interior del mundo
hecho de materia oscura y olvido

El poeta muere sin rezar
entre el Éufrates y Tigris
tierno y levitado como quien despierta y va a la escuela

cree firmemente que ésa es la Tierra Prometida.


Encuentro con Alfredo Veiravé

Fue un domingo al mediodía
de ésos en los que uno camina con el alma inacabada
Alfredo estaba sentado bajo los peces transparentes
del zamuú, yuchán o palo borracho
árbol originario de las estaciones ferroviarias y las despedidas
tecleaba en su máquina de escribir
una Remington altísima de los años 70
con letras recién emergidas del tóhu vabóhu
y eran soles en la voz de Chavela Vargas.
No me vio
de tanto en tanto despejaba las moscas del yuchán
los falsos rumores sobre el dólar y los levantamientos militares
disimulaba así, con su ojo de búho
cualquier duda sobre los cálculos de Copérnico
y los vestidos de seda de la muerte.
Por su hombro izquierdo marchaba la soledad de las hormigas
que “delicadamente transportan grandes piedras para las pirámides de los faraones”
de su hombro derecho subía el palo mayor del philodendron
-del griego philo: amar, dendron: árbol-
con su vela a barlovento
prueba de que nos salvaría a todos
a pesar de la caída de los grandes imperios.
De pronto, una de esas “flores ebrias de orquídeas”
le estampó un sonoro beso en la boca
y ya no lo vi más
o sí, al menos vi sus sombra de Orfeo:
se paró arriba de la silla y extendió los brazos
“estoy vivo”, dijo.


Marcas de lápiz en el marco de la puerta de la cocina

para Emilia

como esas patas de gallo que se hacen en las comisuras de los ojos
que demuestran que la vida es bella
así las rayas que trazamos
para crecer
el equivalente de un pergamino de versículos
enrollado en nuestro interior
y que intentamos deletrear:

aquí, cuando ibas al jardín de infantes
aquí, después de la fiebre
que fue como cruzar el Mar Rojo
aquí, a los 10 años
cuando curamos las heridas
de un dibujo mal hecho,
ésta, ahora, que me llegás a la cabeza, estamos iguales
vos con tu cabeza llena de flores
yo con mi cabeza llena de manos para cuidar tus flores.


Una taza de té a medio beber sobre la mesa

me recuerda al éxodo
un trozo de pan y siete granos de pimienta
me recuerda al borde cachado de la libertad

el son del andar de las jirafas
me recuerda el movimiento de los planetas
un séptimo color invisible
me recuerda el país de ninguna parte

en el borde de ninguna parte
gira un nómade en blanco y negro
con una fotografía entre los dedos
lee el rostro invierte la imagen desacomoda el nombre
la fecha y la taza de té sobre la mesa

al menos rescata el número Pi

el número de 216 dígitos
me recuerda que sólo los pastores
conocen el rugir del león.


La escala de Jacob

Bajan con grúas
alef escaleras cuerdas cristales de cuarzo ladrillos de la creación
no les prestamos atención
y olvidan lo que venían a decir

sólo el dedo de un niño pregunta
sigue el derrotero de rayas y manchas azules sobre la mesa del cielo de los olivos

ellos lavan y cepillan
suben las ruinas en grandes recipientes rotos
a la manera de alas
y el día se vuelve más claro
la mano en estrella del padre bendice
pregunta bendice
recuerda un momento y olvida

la rueda de la escala de Jacob gira
el mundo sigue siendo campo minado.

Fuente: gentileza de Azucena Salpeter.

Azucena Salpeter nació en Formosa el 9 de noviembre de 1942. Desde 1957 está radicada en La Plata. Es médica, poeta, narradora y pintora. Publicó: El pescador de sombras (poesía, 1979, sello de honor de la SADE), Y el cielo sonrió (poesía, 1989), Las puertas del cielo (poesía, 1996, premio bienal profesor Dr. Pedro Laín Entralgo) y La mitad del cielo (novela, 1998, premio Mercosur). Los poemas publicados en esta página son inéditos y fueron escritos en los últimos tiempos.

Foto: Azucena Salpeter. Fuente: Facebook.