martes, 3 de abril de 2018

Julián Axat


Cuando las gasolineras sean ruinas románticas

“Tú que eres bella ahora en las calles de Managua,
un día serás como ellas de un tiempo lejano,
cuando las gasolineras sean ruinas románticas”
                                                     Ernesto Cardenal

En el futuro volverán los escuálidos a sobarte las piernas
perros demócritos astronautas del Apolo XXI de Rugama sin sueños
cantineras espiritas acosadas por poetas malísimos provenientes
de nuevas galaxias que te traerán mi cabeza cortada para ser exhibida
sobre los hímenes de mármol intactos de una selva negra estremecida
en el planetario de seres del universo también exhibidos como yo
seré una puta que ama demasiado a una inteligencia artificial

En el futuro volverán a llamarte y en un aullido pronunciarás mi nombre
el que será captado por las antenas de generaciones posteriores
del otro lado del mundo de este lado de mi amor


Inflama

De qué miseria o fisura que la bordea
salgo a meterme yo y revolver
y no naturalizar –cada vez– revólver

Si acaso los pedagogos de hoy que salen de las cloacas
que sostienen a su factótum
ni siquiera conocen la mugre inflama de los ojos
la miasma que respiran los mismos Leopoldo María Panero que no nacerán

Así de una madre amputada hija en la entrada terraplén
del puerto del Buen Aire
allí donde por día se arrojan toneladas de alteración
que va a parar hacia los ADN que malformarán células
por varias generaciones de ratas y otras alimañas
que llegarán a tener el tamaño de perros
y que se comerán perros y así…

Tan solo del otro lado del Riachuelo
ahí donde el factótum fabrica una torre de 60 pisos
a medio millón de dólares con vista a la ciénaga
y a la amputada que juro que se la ve todos los días desde el piso 50
y a las ratas también visibles de gordas que ya no son abortables
porque desovan
desovan un futuro promisorio para los hijos de los cardenales
en lo alto frente a la ciénaga

Pues de qué miseria o fisura que la bordea
salgo a meterme yo y revolver
y no naturalizar –cada vez– revólver


Lapsus

Cuando todo estalle no habrá déficit ni riesgo
ni polen ni musgo en las alcantarillas de los alacranes grises
ellos con sus carpetas comenzarán de nuevo a inflar el crédito del porvenir
para que vuelva a estallar tarde o temprano y así un campo de batalla
la pesada herencia de los cautos & ramplones
que mis nietos no sean la marea que se corrompa
reconociéndose en el espejo imagen de tentáculos que lleva la historia

Parece normal que cuando todo estalle
y el único Ministerio que quede sea el de la Poesía
llevando al cadalso a los autores del ejército de reserva de los muertos

Cuando todo estalle –parece ya normal–
no empezaremos de nuevo


Vecinos de calle 30

Ayer fui invitado de prepo
grupo “en Alerta”
el mismo día en el que en mi país
se celebra la sumaria mazorca de azules y pitufos

Bertolt Brecht me saluda desde su tumba a la distancia
Y también me saluda un vecino
desde su WhatsApp
el mismo que por la vereda ni siquiera me mira cuando paso

Mi amigo poeta de la 29 me dice que no tiene grupo “en Alerta”
y van apareciendo listas de la supuesta escoria que acecha a la 30
pinchan con alfileres a su Tablet vudú

Las mariposas negras en el nido el huevo
de la serpiente prontuaria
que se vuelve a morder la cola


& el hombre que fue martes

Infiltrarse
Infiltrarse en la gente
& armar asociaciones bien oscuras
Malignas altamente peligrosas
Inventar terroristas subversivos & hechiceros
Herejes brujos exorcizados cancerberos
Infiltrar al hombre que fue jueves & viernes & sábado
Infiltrar las novelas de Chesterton con periodismo barato
No leer a “Los demonios” de Dostoievski
& desobedecer los panegíricos de Sion
Ni en “La eternidad por los astros” de Blanqui
o en las largas cabelleras de los comuneros llenas de infiltrados de París
aquellos que hicieron la Revolución
Los únicos terroristas polis infiltrados que lucen de terroristas
& terroristas que no existen sino en la mente del estado terrorista
Infiltrados Lenin Pasolini el presidente los senadores
el celador el docente & el ama de llaves
Infiltrados los talleres de poesía & la rutina de box
La realidad infiltrada por los que ya no están a salvo de la infiltración
& se miran unos a otros preguntándose infiltrados hasta los tuétanos


Estrella cercana

Miguel Ángel Estrella brinda un recital para los presos alojados en la Cárcel de
Chimbas
Miguel Ángel ofrece un repertorio de música clásica y conversa
Sobre el pasado

Estrella les cuenta y viaja a 1976
Cuando los militares le martillaban las manos y amenazaban con cortarle los dedos
“por el hecho de ser pianista” le decían
Por aquel entonces sintió que Dios le hablaba y le pedía no morirse
Y así sobrevivió al Mal
Y así los conciertos de piano para Estrella empezaron en el exilio
Primero en las cárceles de Francia en 1982
Y más tarde en villas, pobreríos, cárceles, fábricas Argentinas
“La música salva” dice y siente Miguel Ángel al medir el horror por distancias

Hasta que cuatro décadas después desembarca en Chimbas
Toca Bach y recuerda cuando… alguien entre los presos espectadores interrumpe...
Pide prestado su lugar al ejecutante para recordar un tango y “adelante, como no…”
Cede el amable Estrella

Entonces la música comienza atonal y chirría espantos 
En la voz o susurro del capitán Nazi Wilm Hosenfeld
Grita al pianista Wladyslaw Szpilman que toca como poseso en el Gueto
Pero no el “Nocturno en cis moll” de Chopin
Los gritos de ultratumba de la desaparecida Marie Anne Erize
Piden clemencia en la ESMA
Y los dedos gráciles de Estrella que se arrastran cada vez
Más toscos aplastados por el martillo de las brujas que no quiere a Dios ahí
Y los presos de Chimbas espectadores alucinados de esa musiquilla infernal
Observan al concertista cuando se le salen las falanges

Y al Asesinato
Ya no convertido en una de las Bellas Artes
Tras el réquiem
El solicitante descolocado como Diablo de Chimbas
Levanta su rostro y se para
Busca tenderle la mano al impertérrito Estrella
“Me llamo Jorge Olivera, soy un preso político…
…. gracias por prestarme su piano”


Iluminación en Villa Caraza

No dormía, solo me despertaba a cada rato y veía, vi a mis padres, a mis abuelos, a todos de la mano mirándome fijo, pero a lo lejos vi a mis ancestros más lejanos con flores negras en las manos, como si cumplieran un ritual ajeno pero demasiado familiar que yo desconocía pero era cotidiano. Vi una proyección en el cielo de halcones que lanzaban artefactos sobre la tierra y las casas vecinas ardían arrasadas en un fuego amarillo de pronto verde, y la gente pidiendo implorando esos colores a los gritos, pero después quejándose cuando ya ardían en el flash del pasado. Vi un mundo fosforescente iluminarlo todo como en el flash que se metía en el pozo oscuro de la historia, se prendía y apagaba hasta salir y rociar los ojos inyectados de los que pasaban. Vi a las tierras del interior levantarse con motopalas y a niños refugiados con estrías en los brazos quejarse de su herencia malforme, exigir la vuelta de su país con pancartas ya sin colores ni clientelas.


¿En qué estrellas viven mis abuelos, Papá?
                                                                
a 42 años del golpe cívico militar

En la larga deriva de los que no están
viajan sus hijos y nietos al encuentro
como osas polares de un firmamento inacabado
mirando el destello de los de abajo
aquí navegantes de un futuro incierto
hacedores de vientos soñados por otros hacedores más antiguos
También se nos suma la descendencia que aprendió del Mal
a no utilizar la misma daga de sus engendradores/ ahora perdidos
en vaya a saber qué agujero negro o silencio apagado
Los de mi época nacieron dudando de su identidad
y aquellos que aún no interrogan a su sangre porque la desconocen
van imantados a los pechos vía láctea de sus abuelas buscadoras
pues en esta economía de los muertos y sus estrellas vivas
se nutre un pueblo castigado como Sísifo a la pesada piedra de la memoria
hacia el encuentro de un volcán resplandor subterráneo
apenas la esperanza de transferir una pequeñísima luz
fragmento de eternidad en los ojos del hambre
y que no se trague todo el sufrimiento de la voz
y que la larga senda de los que siguen no se sientan
los argonautas de una aristocracia del dolor
***
¿En qué estrellas viven mis abuelos, Papá?
Entonces con el dedo clavado en la noche le indico cierta luz
Algo que se apagó hace tiempo pero sigue encendido
el dínamo espectral del universo mira a los desheredados
y todavía
a pesar de todo
desde aquella estrella
exigen un legado


Cuando se muere un poeta peronista
                                                                              
 a Alfredo Carlino, in memoriam

¡Oh, musa!, nuestra canción ha terminado…
 y devuelvo mi voz a la musa…
Nekrásov

Cuando se muere un poeta peronista
Su voz retorna al pueblo del que provino
A esa musiquilla de los cuerpos doloridos y humillados
Que dieron un sentido a nuestra patria

Cuando se muere un poeta peronista
Hay luto como con la muerte de Eva
Y llueve a cántaros en las almas de los cabecitas negras
Mientras sueñan donar la voz a nuevos poetas proscriptos
Que tarde o temprano nacerán del vientre del pueblo
Y no de un palco o un escritorio

Cuando se muere un poeta peronista
La gesta de los gestos retumba de nuevo
Esperando la marcha del bombo estremecido
El clamor de la lealtad y traición de los compañeros se reordena
En inéditas geometrías del mito porvenir

Cuando se muere un poeta peronista
Es tiempo de malos augurios
La noche se pone más oscura y baldía
Y entre la acechanza de presos fusilamientos y ajustes
La argamasa de tierra sangre saliva mierda y sudor
Es el golem en el útero de la esperanza

Cuando se muere un poeta peronista
Canta el ruiseñor canta
La llegada de tiempos mejores
Anunciando la voz de un próximo cantor

Fuente: gentileza de Julián Axat.

Julián Axat nació en La Plata en 1976. Es abogado y vive en City Bell. Fue Defensor Oficial del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil de La Plata y, actualmente, dirige el Programa de Acceso Comunitario a la Justicia de la Procuración General de la Nación. Publicó los siguientes libros de poemas: Peso formidable (2004), Servarios (2005), Medium (2006), Ylumynarya (2008),  Neo o el equipo forense de sí (2012), Musulmán o biopoética (2013), Rimbaud en la CGT (2014) y Offshore (2016). Una edición aumentada de este último, publicado originalmente en Chile, fue impresa el año pasado en la Argentina con el título Offshore & otros poemas. Figura en varias antologías poéticas, entre ellas: Resistencia en la tierra (2014), Giovane poesía latinoamericana (2016) y Atlas de la poesía argentina (2017). Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés, italiano y portugués. Creó y dirigió la colección Los Detectives Salvajes de la editorial Libros de la talita dorada. Editó, además, la antología Si Hamlet duda, le daremos muerte (2010), que reúne a 52 poetas argentinos nacidos a partir de 1970, y La Plata Spoon River (2014), una recopilación de poemas de varios autores que hacen referencia a la trágica inundación que enlutó a los platenses el 2 de abril de 2013. Los poemas publicados en esta página pertenecen al libro inédito Cuando las gasolineras sean ruinas románticas, libro que incluye también una serie de fotos de estaciones de servicio abandonadas, tomadas por Coti López.

Ilustración: foto de Coti López. Fuente: gentileza de Julián Axat.

sábado, 24 de marzo de 2018

Raúl O. Artola


galería de infancia

Aquel traje gris ya no existe
ni la abuela de alcanfor
y la mata de pasto en la vereda.
Hay un perfume de magnolias
que se pudren
en un florero enorme,
sobre la mesa del comedor
de los domingos.
Es la hora del mate
y la novela por radio
en la vieja galería de invierno.
El ruido de la máquina de coser
vence a las desganadas teclas del piano
mientras el gato ronronea su siesta
y Felipa corta un jazmín
para la Virgen.


Construcción del día

Volverse a recoger el almohadón que ha caído
o no volver, siguiendo hasta la cocina
con la taza vacía en la mano
y el libro en la otra.
Dilema de la mañana que se resuelve
en un instante, hacia uno u otro lado,
casi sin dejar huella,
salvo esa ráfaga de luz que los ojos
registran con insólita felicidad
al enfrentar nuevamente la ventana
que habíamos dejado atrás cuando íbamos
sin regreso hacia la cocina.

(a Lázaro Artola Tailmitte) 


Voces del barrio

Nuevo y precario como una maqueta
para el cine, mi barrio
tiene todos los misterios
a la vista.
Impúdicos, los gritos
de amor o de protesta
recorren cada casa
con el humor cambiante
de los vientos.
Habría que vivir en otra parte
para saber lo que dicen
esas voces.


Construcción del día (IV)

Es temprano
y esculpo una manzana
en la cocina.
La escasa luz
de invierno
empieza a filtrar
por la ventana
sus lentos pinceles.
La manzana
puede ser pez
magnolia
cerebro
granada
pero es el alba
y sería mejor
que el barrio
siga descansando.
Me como
la granada
antes
de que estalle.

(a Silvia Castro)


Alto en el surco

Tuvo que ser así.
Tomé la sartén
por el mango
y se lo dije:
Me gustás mucho
y me parece
que te quiero.
Y ella, sin inmutarse,
respondió:
Yo también, tonto,
si no, ¿por qué
te creés que estoy acá
desde hace ocho años?
A mí solamente
me salió:
Claro, tenés razón,
no lo había pensado.
Y seguimos cosechando
los tomates.
Los pibes ayudaban,
tan chiquitos.


Espera

Las puertas cambian
cuando empieza
el otoño.
La luz es buena
el sol no recalienta
el aire
hay menos moscas
y el viento amaina
por las tardes.
Todavía Yolanda
no pasa
con su canasto
en la cabeza.


Dao rojo fuego

Uno mira el cuadro
se conmueve, lo comenta
y dice: esta mujer es feliz
no pueden faltarle hombre,
mujer, vecinos, hijos
que la amen.
Uno mira el cuadro
y le dan ganas de llorar
por uno mismo.
Después nos enteramos
que la autora ha pasado
malos tiempos:
estuvo internada
toma barbitúricos
y nadie la cuida.


Ensueño

De pronto la vi
a miles de kilómetros
doblada
con las rodillas
en sus pechos
gozada y gozosa
bella e inquieta
a miles de kilómetros
con un pañuelo
en la boca la vi
para que sus padres
no la escucharan
gemir.


La Habana, 1958

Chucho Valdés le afinaba
el piano a mi abuela
cuando vivíamos en el malecón
y ella regenteaba un burdel.
Mi abuela le decía
negro buaié
y lo esperaba días y días
prendiéndole velas
al Santo de los Negros Afinadores.
Lo atendía con café y canela
mientras Chucho le afinaba
el instrumento.
Así aprendió a tocar
el piano.
Mi abuela creyó que era
un desperdicio
que negro tan lindo y hábil
sólo usara el clavijero
como parte de su trabajo
y no por puro placer.
Entonces le permitió
que deslizara sus dedos
por todo el encordado.
Era una maravilla
cómo sonaban las cuerdas
del piano de mi abuela
en las manos
de Chucho Valdés
practicando.


Landscape

En la pintura
se ve una gris
casa de leños,
antigua y sólida,
en medio del bosque.
Parece confortable,
un edén posible
para hacer la vida
libre y volátil
de la imaginación,
siembras y cosechas,
amores y comidas.
De pronto, el cuadro
se abre ante nosotros,
nos devora
y dentro encontramos
moho, alimañas,
tabiques vencidos
y un acre olor
a leños húmedos.
Vive gente allí
que se recela
y duerme
con un ojo abierto
y la mano
en el hacha.


La aventura

I

El tamaño de los charquitos
me marca los avances.
Cada vez es menor
lo perdido en el camino
de la habitación a la cocina
la zozobra en la mano derecha
el temblequeo leve
el borde colmado ligeramente
la repetida frustración
las gotas caídas en el piso
el trapo listo
para enjugarlas.

II

Éste es el presente
sentado en el sillón
escribo y tomo mi taza
de agua
por la mañana.
No la palabra
abarcadora
que pretende
hacerse cargo
de cosas lejanas
que se fingen
universales.


A tientas

Escribir un libro
es como conducir un auto
de noche.
Es imposible ver más allá
der las luces altas
pero se puede hacer
todo el viaje de esa manera.

Como vivir.

(en recuerdo de E.  L. Doctorow)


Escrituras

En el principio fue el Verbo.
Evangelios (Juan 1,1)

Cada vez que se reúnan
en mi nombre
yo estaré entre ustedes
dijo la Poesía.

Fuente: La mirada corta, Raúl O. Artola, Ediciones La Carta de Oliver, Buenos Aires, 2017.

Raúl O. Artola nació en Las Flores, Provincia de Buenos Aires, en 1947. Durante su juventud, vivió, estudió y trabajó en La Plata, ciudad a la que vuelve regularmente por razones familiares y afectivas. Desde 1975 está radicado en Viedma, Provincia de Río Negro. Es poeta, narrador, editor, periodista y docente. Publicó los siguientes libros: Antes que nada (poesía, Fondo Editorial Rionegrino - EUDEBA, 1987); Aguas de socorro (poesía, Ediciones Último Reino, 1993); Croquis de un tatami (poesía, Asociación Madres de Plaza de Mayo, 2002); El candidato y otros cuentos (narrativa, editado con el auspicio de la Secretaría de Cultura del Chubut, 2006), libro premiado en el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn; [teclados] (poesía, El Suri Porfiado, 2010); La periferia es nuestro centro. Apuntes sobre política, cultura, territorios y experiencias (ensayo, Espacio Hudson, colección El Extremo Sur, 2011); Registros de hora prima (textos en prosa, Ediciones La Carta de Oliver, 2014); La mirada corta (poesía, Ediciones La Carta de Oliver, 2017). Este último, con selección y prólogo de Silvia Castro, recoge poemas éditos e inéditos comprendidos en el período que va de 1976 a 2016. Compiló, además, Poesía / Río Negro - Antología Consultada y Comentada. Volumen I (Fondo Editorial Rionegrino, 2007) y Poesía / Río Negro - Las nuevas generaciones. Volumen II (Universidad Nacional de Río Negro y Fondo Editorial Rionegrino, 2015). Entre 2002 y 2009, dirigió la revista-libro El Camarote - Arte y cultura desde la Patagonia. Actualmente, administra el sitio web La mojarra desnuda. Estación de Artes y Ciencias (www.mojarradesnuda.com.ar).

Foto: Raúl O. Artola. Fuente: La mirada corta, Raúl O. Artola, Ediciones La Carta de Oliver, Buenos Aires, 2017.

jueves, 8 de marzo de 2018

Teresa del Valle Salinas


*

Feliz habito en la trampa que construye el tiempo en el reverso de la normalidad. De lo aceptado. Feliz de que la loca de la casa despierte. Desde ese altillo, contengo el vacío y pueblo la ignorada totalidad del mundo.


*

La vida es como una cascada: si no hubiera piedras en el camino, no habría canción.


*

Nacer y morir son accidentes. Ambos nos hacen uno. El reto es seguir cantando para seguir viviendo. El mejor trabajo que tengo, es morir dulcemente.


*

Es temprano. A solas, lo celebro. Domingo de Marzo. Voy a desayunar. Vivo el concierto de cigarras, la naturalidad con que los pájaros bajan y se alimentan a mi alrededor con las migajas de la noche esparcidas en la vereda. Una suave brisa mece el verde iracundo de los árboles. City Bell en esta época es un alarido vegetal. Inauguro el día, como si inaugurara la vida.
Nam miho ho rengue kio.


*

La pequeña casa es sólo un punto en el rectángulo verde en el cual sobrevive. Ha pasado los sesenta años y, como muchas, tendría que transformarse en una moderna construcción. Pero no. Y aquí juega mi instinto. Es más placentera anexada, como un detalle apenas, a la lujuria de la naturaleza, a la gestión consecuente de la lluvia.
Un detalle entre las plantas.

(A Maruca Gaytan)


*

Alimenta el aroma a lecho tibio, la mano posada en la frente del desasosiego. Ahora mi maternidad es de piel afuera. A esta edad no hay útero oficiante. ¡Hijas!, su madre es como un cactus. Mientras acopia el agua para toda la sed, las defiende del mundo con espinas.


*

Están sentados. Ella a una mesa mirando al Norte. Él a la misma mesa mirando al Sur. No se ven ni se miran, no se hablan, no se tocan.
Agradezco mi soledad.


*

La ciudad es una brasa. Para mañana anuncian treinta y siete grados de máxima. La temperatura es siempre la misma para quienes viven a la intemperie. Mientras los niños silban su miseria y la mugre en sus manos les borra las huellas digitales, los responsables de su belleza veranean. La ciudad, repito, es una brasa, un cuerpo ulcerado. Sus llagas dejarán cicatrices.
Y en ellas no se podrá plantar ni un poema.


*

La masa apesta. Por los ingredientes que le sobran. Por los ingredientes que le faltan. Por todo lo que le agregan. Por el precio que deben abonar. El pan es el artículo más caro del mundo cuando se paga con la dignidad.
Y sin trabajo.


*

Vale sentir el amor, cuando el cuerpo jadea. La piel sigue siendo el mágico cobertor en el que se escriben poemas. Uno sabe, entonces, que la eternidad es un instante. El cuerpo tiene su propio diccionario. Es esa cajita de Pandora que ahora no encuentro.

Fuente: La certeza del árbol, Teresa del Valle Salinas, Barataria, Buenos Aires, 2014.

Teresa del Valle Salinas nació en Chilecito, Provincia de La Rioja. Actualmente, reside en City Bell, localidad perteneciente al Partido de La Plata. Es abogada y especialista en Ciencias Políticas. Fue docente universitaria. Como escritora, cultiva la poesía, la narrativa y el ensayo. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Poemario (Ronda Literaria, 1980); Alas en mi mundo de arena (Amaru, 1986); Detrás de la memoria del Ángel (El Francotirador Ediciones, 1999); La mirada de Orfeo (Cuadernos de Sudestada, 2001, 2005); Con los labios líquidos (Ediciones del Copista, 2004); La tierra paralela (Último Reino, 2006); Cantos de Erato (Barataria, 2007); La certeza del árbol (Barataria, 2014). Poemas suyos fueron incluidos en varias publicaciones colectivas; entre ellas: Anuario de poetas contemporáneos (1978, 1979, 1980); Chilecito en el canto de sus poetas (1984); Poesía argentina de fin de siglo (1997); Antología de poetas riojanos de fin de siglo (1999); Poetas argentinos del año 2000 / Inventario relacional de la poesía en español (Madrid, 2001); Cien poetas del mundo (México, 2006). En 2014, Bauprés Ediciones Independientes dio a conocer su libro de relatos La abuela Matilda. Participó en encuentros y simposios de literatura en Uruguay, Chile, Venezuela, México y Bolivia. Colabora con revistas nacionales y extranjeras.

Foto: Teresa del Valle Salinas. Fuente: La certeza del árbol, Teresa del Valle Salinas, Barataria, Buenos Aires, 2014.

martes, 27 de febrero de 2018

Jorge Anagnostópulos


En una ciudad

En una ciudad cosmopolita, obrera, prostibularia, como una lejana
y joven y abigarrada Alejandría, nacía yo, un hijo auténtico de Berisso.
Ni griego, ni italiano, ni español, ni armenio, ni hebreo.
Sino heterogéneo, exuberante, de natural ensambladura. Universal.


Una casa

Entre el río y el monte amasó la casa, en una extensión de lirios y sauces que
lloraban.
Vi la tarde candente caer sobre el huerto, vi las cañas entrelazadas de hortalizas,
vi en la sombra de la galería un recuerdo de familia, vi el reloj de mi padre con el
tiempo detenido.
Una casa es arena en el alba, que se transforma por la tarde en vagos recuerdos.


Dos obras originales y tres serigrafías colgadas en la pared de la casa vieja

Un paisaje marino del puerto de Rotterdam, dibujo, hecho a lápiz, por un pintor
holandés.
Una isla verde y tres líneas rojas en vuelo, que encarnan a Dios.
La serie erótica de Picasso.
El escorzo de la danza del carnaval, que Soldi imaginó para la cúpula del Teatro
Colón.
Un balde de zinc sobre el suelo rojo de cerámica.
Completan el ámbito privado de la casa: la humanidad del gato, el íntimo amor.


Las uvas del placer

Los dientes muerden las uvas suavemente.
Suavemente los labios húmedos se cierran.
La vigorosa lengua juega con la esfera púrpura dentro de la boca.
Los dientes muerden con ímpetu la uva inerme.
La vuelven néctar para la garganta, para todos los órganos del cuerpo.
Las uvas del paraíso consienten el placer.
La serpiente mira, siembra la duda.


Una mañana de Atenas

Al término de las Guerras Médicas,
mientras las ciudades duermen, Atenas sueña el Partenón.
No lo han impedido el fuego ni el asedio de los bárbaros,
que oyen una lengua extranjera y no pueden comprender.
Menos que una mañana de Atenas duraron los ejércitos.


Una bailarina rusa

A Susy Shimko, en el mundo invisible

El ser que arde mientras tu cuerpo huye,
se pierde o se transforma.
El tiempo ha hecho su trabajo.
Pero esto que veo no es real.
No es completamente verdadero.
Hay algo que permanece intacto: la respiración.
Esa sinfonía de la existencia, ese ritmo.
Y el hermoso ritmo de tu caminar, sin prisa, leve.
Como una bailarina rusa.


Solo

Una noche de verano en la ciudad.
Puertas y ventanas abiertas al frescor de la noche.
En el interior de las viviendas y en las calles,
los jóvenes beben y ríen; les brillan los ojos, los labios y los dientes.
Todo a estrenar.
La juventud avanza de a cinco, de a nueve, de a once.
El amor, salvo rarezas, avanza de a dos.
Se ama de dos en dos, se odia de mil en mil.
El autoconocimiento (no los años) concede el saber.
Entonces se avanza solo.
A veces, no siempre, se comparte el camino, un instante con otros.


Las danza sin nombre

La ciencia no sabe de Dios.
Sin embargo, Einstein se postró ante la luz del átomo.
Los ateos, y algunos creyentes, no saben de Dios.
Aman, procrean, construyen templos, se persignan.
Veneran la página sagrada, pero no saben de Dios.
Saciados de sopa, desechan el postre.
Debajo de la nariz sucede otra realidad:
en silencio el aliento entra, bendice y se retira;
vuelve a entrar, bendice y se retira;
vuelve a entrar, bendice
y en silencio la delicadeza se retira.

¿Qué nombre le damos a esta danza?


Las cosas que sabe un poeta

La persistente gota de agua creó los grandes acantilados.
De igual modo se construye un poema.
En el temblor del corazón y en la grandilocuente sinfonía del cerebro.
En el encanto de entretejer palabras y en las preguntas del escriba:
¿Dónde quedó el tejido de Penélope? ¿Qué le dijeron las sirenas a Odiseo?
Oigo la exhortación de los dioses:
Nadie está privado de los tesoros humanos; saber lo que tienes hace la diferencia.
Sé que el ahora es mi regalo, que escribir es la más bella soledad.
Que el vino y el amor –una sola divinidad– son la más alta poesía.
¿Qué otras cosas habría de saber?


El tambor cesará su ritmo

El tambor cesará su ritmo; mi casa quedará vacía;
mi hogar, mi gato, mis libros, mis plantas, mis logros,
mis dichas y mis desdichas, mi vulnerable o vigoroso yo:
todo será entregado.
Ese día aquello que te aprisiona se romperá.
Sí. La prisión de la noche.

Fuente: El tambor cesará su ritmo, Jorge Anagnostópulos, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2017.

Jorge Anagnostópulos nació en Berisso, Provincia de Buenos Aires, el 12 de abril de 1952. Reside en su ciudad natal. Es egresado del Liceo Víctor Mercante y de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, ambas instituciones pertenecientes a la Universidad Nacional de La Plata. Experimentó la vida monacal en los Monasterios de Agion Oros (Monte Athos), Grecia, y el autoconocimiento en el Centro del Conocimiento en India y Australia. En el campo de las letras, comenzó publicando Cartas griegas (narrativa, 2010), libro que lleva prólogo de Horacio Castillo y fue declarado de interés municipal por la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de Berisso. Luego, dio a conocer El viaje de los días (narrativa y poesía, 2012) y La moneda el Tiempo (poesía, 2014). Los tres títulos mencionados obtuvieron la Faja de Honor de la SEP (Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires). A ellos debe sumárseles El tambor cesará su ritmo (poesía, 2017). Su obra poética publicada se completa con la plaqueta Berisso, la Venecia del Sur (2015). Participó, asimismo, en el Congreso Internacional de Cultura Helénica (2012), auspiciado por la Embajada de Grecia, la Asociación Nostos de Cultura Helénica y la Universidad de Belgrano. En 2014, la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Berisso le otorgó el premio “Daniel Román” por su aporte a las letras berissenses. Acerca de El tambor cesará su ritmo, expresa Patricia Coto:

Lo primero que me impresionó es la valoración dada a la palabra y a la actividad del poeta.
(...)
Jorge le habla a la palabra, a la perduración a través de un lenguaje que, bajo su aparente claridad, tiene la suficiente fuerza para construir el mundo interior y exterior. Un lenguaje perdurable sobre el tiempo y el espacio. Esta inquietud por la palabra, esta sensación de que la palabra existe como logro de un proceso de autoconocimiento, le permite al poeta interrogarse sobre el valor de la actividad poética.
No es preguntarse la finalidad de la escritura; es una pregunta que se encuentra un poco más atrás, en el proceso de la creación, en la complejidad de un esfuerzo donde se conjugan sentimientos, vivencias, circunstancias de vida, fragmentos de la realidad y de lo que se encuentra por debajo de la realidad
(...)
El otro mérito de este libro es el crecimiento en la capacidad descriptiva. Como es lógico no se describe lo que se ve,  se describe lo que siente al percibir algunos aspectos de la realidad y esta complejidad de la descripción, donde se unen opuestos, se vuelcan estados exteriores e interiores, genera también una mayor complejidad de los textos, ya sea para escribir en verso o en prosa.
(...)
Creo que podemos concluir estas mínimas reflexiones con las palabras con las que Jorge termina su biografía: “El rasgo que mejor lo define es la soledad. Considera que a través del silencio y el reencuentro consigo mismo es posible escribir algo medianamente sobrio”. Este libro no es medianamente sobrio, es auténticamente sobrio, con la sobriedad que emana de la experiencia revivida y de la palabra perdurable.  

Foto: Jorge Anagnostópulos (by Ana Kitrilakis). Fuente: Gentileza de Jorge Anagnostópulos.

miércoles, 3 de enero de 2018

Diego Roel


Sólo manos verdaderas escriben poemas verdaderos.
Paul Celan, Carta a Hans Bender

Territorio

Este suelo no es de oro:
estamos obligados a escalar el abismo.

Dijiste:
sólo manos verdaderas escriben poemas verdaderos.

El oficio exige absoluta precisión,
manos curtidas por el roce de las cosas,          
una mirada que penetre
la niebla del día y de la noche.

Sí, es necesario un cuerpo que se prolongue hasta tocar
aquella línea en perpetuo movimiento
donde los otros cuerpos se deshacen. 

El oficio exige absoluta precisión.


Anábasis

A Jotaele Andrade

Soledad, otra vez
estás arriba y abajo, delante de mi cuerpo,
en el centro exacto de mi sangre.

Escucha la música que viene del pasado:
la bala se abrió como una flor en mi cabeza,
la bala hizo tres nidos en mi frente.

Me quebraron los ojos y los huesos.

Ya la órbita del sueño vierte el veneno
en toda palabra, en toda forma.
Ya la reja del lenguaje hunde su cuña,
clausura las vías del aliento.

Soledad, otra vez
estás arriba y abajo.

Escucha la música que viene del pasado.

Recuerda:
la corriente que enlazó a dos almas
vence a la muerte y permanece.


Santuario

Piedra a piedra,
avanzamos.

Con una migaja de luz
hicimos nuestra casa.                      
La hicimos con sangre y arena, la hicimos con ceniza.

Con los resabios del sueño
forjamos la imagen del destino.
La forjamos con sal y viento, la forjamos con ceniza.

Con lo que dejó la tormenta
cercamos el muro del abismo.
Lo cercamos con polvo de huesos, lo cercamos con ceniza.


Contraseña

A Horacio Castillo (h)

Lleva a tu boca
la flauta doble de la noche
y sopla.

Sopla hasta que aparezca un mundo.                   

Extranjero, alza la espiga,
pronuncia la antigua contraseña:
shibólet.

Lleva a tu boca
la raíz del árbol que los hombres llaman Nacimiento
y sopla.

Sopla hasta que se acreciente el otro mundo.

Extranjero, alza la espiga.


De este árbol, de este bosque

Madre,
molinos de viento arrastran
el recuerdo de tu nombre.

Yo acudo a las misas del invierno,
busco el desvío donde es posible todavía
armar un cuerpo, un mínimo refugio.

Me llevan las bestias de la luz.

Madre,
ahora escucho el susurro de las alas de los ángeles,
el parto repentino del lenguaje.

Una oreja, cercenada, escucha.

En la balanza de mi ojo peso
la nueva cifra del exilio.


Verde es la casa del olvido

La memoria se enrosca
como una serpiente en mi cabeza.

Apoyo las manos en el suelo,
siento la angustia de mi madre.
Apoyo las manos en el barro,
siento la vara de hierro de mi padre.

En la piedra escribo un nombre de mujer.

Ya suenan los tambores:
la vida enciende el color de la masacre.
Ya rechinan las puertas:
la muerte avanza sobre bosques y praderas.

Verde, verde, verde.
Verde es la casa del olvido.


Algo siempre sobrevive

Yo, aquí, bajo la estrella,
en la mandíbula del tiempo, digo:
no tengo hacia dónde ir.

Sobre mi carne se derrumba el cielo.

Hace tres días que mi cuerpo tiembla.
Hace tres noches que en mi frente silva
el animal de la memoria.

Yo, aquí, bajo la nube,
entre las sombras, digo:
no tengo hacia dónde ir.

NOTA DEL AUTOR

La palabra hebrea shibólet es hoy sinónimo de contraseña. Tal como aparece en el libro de los Jueces (12, 5-6), esta palabra, que significa “espiga” (o según otras fuentes, “corriente”, “torrente”) sirvió a los miembros de Galaad, seguidores de Jefté, para identificar y eliminar a sus oponentes efraimitas, que la pronunciaban sibólet.

Fuente: Shibólet, libro de próxima aparición. Gentileza de Diego Roel.

Diego Roel nació en Temperley, Provincia de Buenos Aires, en 1980. Vivió en distintos momentos en La Plata, donde creó y coordinó el ciclo de poesía denominado Cendra. Desde comienzos de este año reside en Neuquén. Publicó nueve libros de poesía: Padre Tótem / Oscuros umbrales de revelación (Libros de Tierra Firme, 2004, reeditado por Ediciones El Mono Armado en 2013), Diario del insomnio (Libros de Tierra Firme, 2005, reeditado por detodoslosmares en 2013), Cuaderno del desierto (Libros de Tierra Firme, 2007), Las variaciones del mundo (Ediciones El Mono Armado, 2010, reeditado por detodoslosmares en 2014), Los Jardines del Aire (Ediciones El Mono Armado, 2012), Dice Jonás (Ediciones El Mono Armado, 2015), Vía Lucis (Ediciones del Dock, 2015), Kyrios (detodoslosmares, 2016) y Las intemperies del mar (detodoslosmares, 2017). Próximamente, Griselda García Editora publicará Shibólet, su nuevo poemario. Con referencia a éste, escribe Valeria Pariso:

En medio del derrumbe es posible que el cuerpo entre en un espacio de refugio. Cada poema del nuevo libro de Diego Roel arma un mosaico cifrado por la luz o la sombra de aquello que si no es aprehendido,  se diluye.
Visionario y lúdico, el poeta,  nos dice:

busca el sonido que entre la palabra y el deseo
resplandece

Cree en lo que no ve, ahí encuentra el germen de lo que canta:

me quebraron los ojos y los huesos

Y sentencia:

Soledad, otra vez
estás arriba y abajo

Devela la situación del hombre que describe: está solo, ciego, desarmado.  Habla de su cuerpo roto, de la casa del derrumbe y de su país que  es un animal que ya no encuentra su alimento. Son las tres dimensiones de un mismo dolor.
Frente a este estado de situación, Roel da pistas, y una contraseña  secreta para que la vida sea posible: Shibólet.
Shibólet exige un lector atento que participe de la construcción de un cuerpo que resista,  que descubra  cómo se nombra un país, con qué materiales se levanta un poema.
Quien sigue las señales de los poemas llega a la última ratio: la esperanza.
Dice Roel:

Sopla hasta que aparezca un mundo

Y más adelante dice:

armar un cuerpo, un mínimo refugio

Todo este libro está escrito en el aire, como si el poeta hubiese estallado y dependiera de nosotros para volver a juntarse.

El poema se escribe con sangre, dice.

Habrá que creer y creernos.

Foto: Diego Roel. Fuente: Facebook.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Gustavo Caso Rosendi


***

Pudiste haberme pegado con la parte que barre. Como si barrieras. Y no con la parte del palo. No recuerdo lo que hice mal con apenas once años, pero debió ser algo tremendo.
Claro que te he perdonado. Aunque cada vez que llueve, mis piernas se echan a correr muy lejos tuyo. Siempre lo hicieron, luego de aquel inconveniente. Y eso que les digo y les digo que sólo querías educarme. ¿Llovería esa vez? ¿Volví embarrado? Preguntas que me hago ahora que veo algunas propagandas de jabón para la ropa donde las madres sonríen y abrazan a sus sucios hijos y donde todo luego cuelga blanquísimo, en medio de un sol resplandeciente.
Alguna oportunidad en que te insinué este episodio, me respondiste que estabas orgullosa de la vez que tu padre te marcó la cara de un cinturonazo. Te podría haber pegado con la parte más blandita. No con la parte de la hebilla. Tenías seis años. Esa información también se la doy a mis piernas. Pero a ellas les cuesta entender. Y corren medio chuecas por aquel campito que ya no está y se suben siempre al mismo árbol, que tampoco (para poder odiar sin que nadie pueda verlas).
A pesar de todo esto, me llevan, a veces, a verte. Los días lluviosos me cuesta un poco más arriarlas. Pero van. Creo que pronto se harán amigas de tu carita enrojecida. Al menos tienen un tema de conversación. Algo en común. Algo interesante que contarse.


***

Uno se divertía con Patoruzú. Éramos niños. Si lo hojeáramos ahora, ya un poco menos inocentes, la lectura se haría bastante truculenta: nada peor que un indio domesticado. Un indio ubicado en el poder de la aristocracia, amigo de un coronel reaccionario, padrino de un estúpido playboy. De buen corazón, pura nobleza –en todo su significado. Un indio que ya no es indio sino patrón de estancia. Un indio que sólo tiene memoria de sus ancestros cuando de vez en cuando visita una cueva llena de oro.
No existe la masacre de los pueblos originarios en esta historieta. Se ubica a la víctima en el lugar de su asesino de una manera grotesca, y lo que es mucho peor: muy a propósito.


***

Fue en el cine Rocha.
La abuela Isabel me compró
el disco de Los Aristogatos.
Pero no tenía Wincofón.
Nunca pude escucharlo.
Por las noches, acostado, lo miraba.
Intentaba recordar esa música.
La imaginaba.
Miraba los dibujos de la tapa.
Así escuchaba.
Era feliz, creo.
Bastante triste, creo.
Pero tenía un disco.
Mi único disco.
Y una abuela postiza
con una sonrisa postiza.
Y un cine a catorce kilómetros.
Y una tarde de cine.
Y un trocito de pochoclo,
aún, entre los dientes.


***

Al despertar la cucaracha una mañana, convertida en Gregorio Samsa, se halló echada sobre una cama y, al alzar un poco la cabeza, contempló su vientre de piel blanca. Se irguió en dos patas, tambaleante, y se dirigió hacia el baño apoyándose en cada mueble que encontró a su paso. Luego de sacudirse una tripa que despedía un líquido amarillento, se miró al espejo y comenzó a enjabonarse. Una valija en el rincón de la pieza la esperaba. Tendría que viajar y preocuparse por negocios. La madre apareció por debajo de la puerta y le dijo que eran las siete menos cuarto. –Sí, sí. Gracias, madre –contestó una especie de voz escrita y jamás escuchada.
Luego siguió afeitándose, mientras se preguntaba por qué el destino era tan despiadado.
Bueno –pensó, enjuagándose la cara–, peor hubiera sido haberme transformado en Kafka.


***

Mi otro padre siempre comentaba una de las pocas películas que había visto en su vida: Feos, sucios y malos.
–¿Has visto –decía has visto– Viejos, sucios y feos? Él decía “Viejos, sucios y feos”.
Y yo le decía que no –aunque la verdad era que sí– para que me la cuente.
¡Se sentía tan pleno contándome algo que yo no supiera!
Cada vez que se tomaba una copa de más contaba lo mismo. Y yo lo miraba, me hacía que estaba totalmente absorto por la perogrullada de su análisis. Hasta que llegaba al final y sonreía, mientras yo pensaba lo feliz que les hace el arte a las personas, aunque sea en poquitas dosis.
Ahora, ¿por qué había abandonado todo eso, digo, ese arrebato de haber ido alguna vez al cine? Por qué se había quedado en Feos, sucios y malos no lo sabré nunca. La única certeza es que, poco antes de morir, él estaba viejo, sucio y feo.
No pude verlo muerto, yo me había ido lejos. Tan lejos como antes de irme lejos.
Pero lo imaginé sonriendo, como si acabara de contarla, una vez más.


***

A veces, casi sin querer,
medio de casualidad,
nos asomamos.
Y la luz que nos deja ver
a esa otra luz enjaulada
parece comprendernos.

El tiempo ha pasado.
Y el que sonríe desde ese papel no es
el que se conmueve sosteniéndolo.

Una gran mano acaricia
su propia manito hace ya mucho.


***

Treinta días sin mirar televisión. Nada de diarios. Algo leí, pero poco. No escribí ningún poema. Fui más común que el calafate.
Tuve un zorro que me siguió durante un rato como si fuera un perro. Hablé con el zorro, sin hablar. No me temió porque yo no le temí. Ninguno de los dos era una mascota. Pero alcancé a ser un poco zorro; y él, un poco humano. No nos pusimos ningún nombre.
Pero estoy seguro que mi último día en este mundo, ese zorro volverá a aparecer. Y volverá a seguirme a menos de dos metros. Porque algo que se ha comprendido tanto no puede –de ninguna manera– irse tan lejos.


***

Me vino un olor como a
Mis Ladrillos. Esos rectángulos
de goma que iban encastrándose
unos a otros hasta formar
una vivienda. Y el techito ese,
de cartón verde, para coronar
la construcción. Un hogar
era el fin. Y no el fin
de un hogar.
Pero todas esas casitas
se fueron desarmando
a medida que la gente
se iba. O se iba muriendo
(bueno, de alguna manera
se iban). O antes
de que se vayan.
Era como si ese juego
nos estuviera preparando
para otra cosa. Para el viento;
o para el cuento de Los tres chanchitos
que leeríamos más tarde. Como si
todo se armara y como si todo
de alguna manera se amara
en base al miedo; a alguna
especie de lobo que habitaba
dentro de nosotros.


***

–¿Por qué le tenés miedo
a la oscuridad? No hay nadie ahí
–decías, mientras tu mano
intentaba soltarse de la mía.

Y ahora que estoy
mirando desde adentro,
corroboro tus dichos.
No hay nadie aquí.
Ni siquiera tu mano.

A eso le temía.
A que en la oscuridad
no hubiera nadie.


***

Desde que llegué de la guerra, un sueño me persigue. De vez en cuando aparece.
Estoy en algún sitio, lejos, y no puedo regresar. Los ómnibus no paran. Los taxis siempre están ocupados. Igual, no tengo guita, aunque sí muchas explicaciones como para que alguien me lleve, pero no. No hay caso.
Es de noche, siempre. Y por más que espere y espere nunca llega el día. Espero un tren, pero no pasa ninguno. Ningún barco se arrima al muelle. –Se hace tarde, se hace tarde –me repito.
Y camino y camino sin saber muy bien hacia dónde. A veces llego a una ruina que era una de mis casas cuando chico, pero no hay nadie, ni nada adentro. Esas casas no son a donde quiero llegar. Quiero regresar a mi hogar. Al de ahora. Al único posible.
Y entonces despierto en mi cama. Abrazo a mi mujer que duerme, mientras le susurro –aunque no escuche– que ya estoy, que he regresado.
Y me pongo a llorar.


***

Jugar a la bolita con los bichos
encontrados debajo de una baldosa.
El miedo ovillado entre el pulgar y el meñique.
Eras muy malo para eso.
En la esquina lo perdías todo.
Tu bolsillo estaba liviano.
Siempre hubo otros mucho más vivos que vos.
Y también pasaba que te sentías así: bicho bolita.
Descubierto, frágil, enrollado.
Practicabas en el fondo para que nadie te viera.
Sin apretar demasiado; tratando de que el choque sea
lo mínimo y necesario.
Luego los regresabas a su sitio.
A los bichos y a la baldosa.
Sí, era un juego demasiado solitario.
Pero nadie perdía ni ganaba.
Era un juego.
Un juego de verdad.


***

Escribí la palabra “GRILLO”
y un grillo se posó sobre mi hombro.

Pensé que definitivamente la poesía
había venido a visitarme y me sentí
demasiado responsable.

¿Qué sucedería si atinara a escribir
“elefante”, “dios”, “demonio”
o tu nombre enmohecido?

Ya basta por esta noche.

 Fuente: Todos podemos ser Raymond Carver, Gustavo Caso Rosendi, Pixel Editora, La Plata, 2017.

Gustavo Caso Rosendi nació en Esquel, Provincia del Chubut, en 1962. Reside en La Plata. Es poeta y excombatiente de Malvinas. Publicó los siguientes libros de poesía: elegía común (edición artesanal, 1987), bufón fúnebre (Último Reino, 1995), soldados (Ministerio de Educación de la Nación, 2009, reeditado en 2016 por Último Recurso), Lucía sin luz (Ediciones El Mono Armado, 2016) y Todos podemos ser Raymond Carver (Pixel Editora, 2017). A estos debe sumárseles una selección antológica de su obra publicada este año por Hilos Editora dentro de la colección .55.65. Cabe agregar que la primera edición de soldados incluye un cuadernillo anexo para uso pedagógico en las escuelas como material destinado a la capacitación de docentes en temáticas relacionadas con la memoria crítica de la historia argentina. Poemas suyos figuran en varias antologías, entre ellas: El viento también recuerda (compilación de textos de excombatientes de Malvinas, Último Reino, 1996), 8 poetas regionales (Editorial Vinciguerra, 1997), Poesía 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999) y Naranjos de fascinante música (Libros de la Talita Dorada, 2003). En 2000 grabó junto a Martín Raninqueo el CD titulado Poemas. Acerca de Todos podemos ser Raymond Carver, expresa Alejandro Schmidt en la contratapa del libro:

El tema de este libro es el del pasado y el de Lucía sin luz y el de soldados.
Como si no hubiera más que la memoria, sus capas de interpretación, su paraíso equívoco.
Caso Rosendi elude la monotonía (el patetismo) de lo elegíaco con una tensión donde la ironía (y, de a ratos, el humor) detiene la evocación, la vuelve instante... ahora. Intensamente.
El tono coloquial se sublima una y otra vez en el poder narrativo, quiero decir, lo que se cuenta es claro, preciso, puede verse pero, como en toda buena poesía, abunda la sospecha de lo Otro.
A veces, aquí, en libros anteriores, se interrumpe el tono, la voz llega directa, certera, a cada uno de nosotros, sin pretender más que lo necesario. Menos.
Un lenguaje despojado (que signa lo mejor de la poesía argentina contemporánea) y un gran sentido del ritmo.
“–¿Por qué le tenés miedo/ a la oscuridad? No hay nadie ahí/ –decías, mientras tu mano/ intentaba soltarse de la mía.// Y ahora que estoy/ mirando desde adentro,/ corroboro tus dichos./ No hay nadie aquí./ Ni siquiera tu mano.// A eso le temía./ A que en la oscuridad/ no hubiera nadie”.
El tema de este libro (infancia, padres, postales, muertos, anécdotas, amigos, todo el viento) es cómo sacar luz de los desastres.

Foto: Gustavo Caso Rosendi. Fuente: Todos podemos ser Raymond Carver, Gustavo Caso Rosendi, Pixel Editora, La Plata, 2017.